04 abril, 2014

Una historia de amistad y fidelidad: Rostam y Rakhsh

Desde que el hombre aprendió a montar, las historias de jinetes y caballos unidos como una sola figura han llenado páginas y páginas de leyendas y cuentos. ¿Qué sería del héroe sin su fiel compañero, su amigo hasta el último momento, y en varias ocasiones su salvador indiscutible? La imagen del protagonista victorioso no se entiende sin su caballo, al menos en un alto porcentaje de los casos, cuando se trata de la Edad Media. El occidente cristiano va a crear a partir de toda una tradición bien asentada (podemos recordar a Bucéfalo, caballo de Alejandro Magno) la imagen del buen caballero, cuyo elemento fundamental, lógicamente, es un caballo.
En esta ocasión, vamos a fijar nuestro punto de mira en un príncipe guerrero y en su compañero de cuatro ágiles patas. Hablamos de Rostam, el protagonista del relato épico Šāh-nāma, “El libro de los reyes”, escrito entre 977 y 1010 por el poeta de origen persa Hakīm Abu'l-Qāsim Firdawsī, o Ferdowsī, como es conocido de manera más habitual. Solo introducir el Šāh-nāma supondría casi una tesis doctoral, así que intentaremos resumir lo más posible, para crear una visión que haga justicia a la importancia real de esta composición oriental. Con más de 50.000 versos, este relato reconstruía de manera épica el pasado del imperio persa, desde la misma creación del mundo hasta la conquista musulmana en el siglo vii. Es un compendio de historia, filosofía, poesía y fantasía, que fue escrito para la dinastía de los Samaníes, en una campaña cultural que pretendía potenciar el pasado persa de sus dominios después de que la cultural islámica se hubiese asentado en territorio de lo que actualmente conocemos como Irán. El impacto de la obra, escrita en pahlavi, fue tal que afectó no solo al territorio persa, sino que se expandió hacia el este, conquistando todos aquellos lugares en los que la lengua en la que está escrito el poema podía comprenderse. Cabe señalar que es el único trabajo conservado de este poeta del que no se discute la autoría.
Para la tradición árabe, y en concreto para la bereber, la unión del hombre con el caballo suponía un lazo entre dos espíritus. De alguna manera, recuperaba el tribalismo de culturas anteriores. El término castellano «jinete» proviene de una tribu del norte de África, los Zanāta, de los que hablaremos otro día; zanáti, el gentilicio de este pueblo, se transformaría en «jinete» con el paso del tiempo. El profesor Camilo Álvarez de Morales, de la Escuela de Estudios Árabes de Granada, expuso en un magnífico artículo todo cuanto al caballo se refiere en el Islam, junto a Fátima Roldán, de la Universidad de Sevilla.[1] Nos quedaremos con fragmentos que, esperamos, ilustrarán la importancia real de este animal:
«Cuando Dios quiso crear el caballo dijo al viento del sur: de ti produciré una criatura que será la honra de mis allegados, la humillación de mis enemigos y la defensa de los que me atacan." ¡Sea!" respondió el viento. Cogió Dios entonces un puñado de viento y creó al caballo. Le habló así: te llamo caballo, te doy raza árabe, a tu crin anudo el bien, cabalgándote se logrará el botín, la gloria se hallará donde tú estés. Yo te distingo de todos los animales, sobre ellos te hago señor; la querencia de tu amo te concedo, te permito volar sin alas. Entre los animales bendito seas.»[2]
El caballo supone, por tanto, un elemento fundamental dentro de la cultura islámica. Debemos aludir al propio al-Burāq, «rápido como el relámpago, de tamaño intermedio entre el caballo y la mula, con cabeza de mujer».[3] Es un caballo, y en concreto una yegua, según Álvarez de Morales y Roldán, la encargada de transportar sobre su lomo al Profeta, en su viaje por los Siete Cielos y los Siete Infiernos. Debería darnos una idea de hasta qué punto esta cultura islámica reverenciaba a estos animales. Incluso en tiempo de la Ŷāhiliyya, nombre por el cual se designa a los siglos antes del Islam, ya encontramos descripciones y menciones en la poesía.[4]
Volvemos a nuestro héroe y su valiente compañero, para contar de manera resumida su preciosa historia. Zāl, el rey criado por el pájaro Simurgh (estamos hablando de reyes, y la genealogía es importante), hace reunir todos los rebaños de caballos, desde Zabulistán hasta Kabul, para que su hijo Rostam escoja uno de ellos para emprender lo que serán sus grandes hazañas. El muchacho los va probando uno por uno, montando a pelo para comprobar si pueden sostener su peso. El Šāh-nāma cuenta que, al no ser un mortal corriente, su cuerpo es doblemente pesado, y ningún animal es capaz de cargar con él. De repente, entre la marea de animales, Rostam diferencia a una preciosa yegua seguida del potro más hermoso que nadie hubiera contemplado jamás. «En fuerza, semejaba a un elefante, y su color era como pétalos de rosa extendidos sobre un lecho de azafrán», dice exactamente el poema. Enseguida el príncipe atrapa con una cuerda al potro, que puede cargar con él perfectamente; entonces, el encargado de los caballos le cuenta a Rostam que hacía tres años que estaba preparado para la doma, pero que su madre no permitía acercarse a nadie, que él mismo tampoco se había dejado domar. El muchacho está tan sorprendido con el animal que llega a llamarlo «dragón». Decide quedárselo y llamarlo Rakhsh, «relámpago». Desde ese momento, los destinos de ambos están unidos para siempre.

Rostam atrapa a Rakhsh.
1450, British Library, Islamic Add. 18188, f85a.

Rakhsh salva la vida de su dueño en más de una ocasión. Por ejemplo, dice el Šāh-nāma que, estando Rostam dormido, se acercó un terrible dragón con forma de serpiente, de ochenta metros de largo, y que Rakhsh intentó advertirle del peligro con sus relinchos. Pero el dragón se camuflaba cada vez que el héroe se despertaba. El caballo se lanza a atacar al monstruo antes de que éste alcance a su dueño. Entonces, Rostam se despierta y, junto al valiente Rakhsh, acaba con el dragón.

Rakhsh y Rostam matando al dragón.
Mediados s. XVI, Shiraz. Actualmente, Harvard Museum.

En otra ocasión, también mientras Rostam está durmiendo, un león ataca a Rakhsh, que se defiende del felino y termina matándolo.

Rakhsh combate al león mientras Rostam duerme (detalle).
Tabriz, 1515-22. Actualmente, British Museum.

Rakhsh vive una vida larga y sana, unida a la de su amo. En una ocasión, Simurgh, la reina de las aves, cura a ambos de las terribles heridas que les había hecho Esfandiyār, némesis del príncipe. Rostam siente tal amor por su caballo que le pide al pájaro que cure primero a su amigo de cuatro patas, pues no soportaría verlo morir.
Los destinos unidos de jinete y montura terminan también al mismo tiempo, como no podía ser de otra manera, ya que por medio de una traición del hermano de Rostam, Šaghad, ambos perecen. En esta bella ilustración observamos cómo Rostam, moribundo, dispara al traidor su última flecha, como bella imagen del guerrero que muere peleando. Después de esto, Zāl, que todavía vive, levanta una hermosa tumba para su hijo donde, por supuesto, reserva un lugar para Rakhsh, que se mantuvo a su lado hasta el mismo final.

La muerte de Rakhsh y Rostam.
Tabriz, 1330-40. Actualmente, British Museum.

Una bellísima historia de fidelidad y de amistad, que conmovió los corazones de tantos y tantos que la escucharon, y que pone de manifiesto hasta qué punto era importante la unión de jinete y caballo, como para hacerlos protagonistas de las más magníficas aventuras en un poema épico del siglo XI.





[1] Álvarez de Morales, C., y Roldán Castro, F. “Sobre el caballo en la cultura árabe”, Ciencias de la naturaleza en Al-Andalus. Textos y estudios IV, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Granada, pp. 266-297, 1996.
[2] Ibn Hudayl, ilyat, trad. M. J. Viguera, Gala de caballeros, blasón de paladines, Madrid, Editora Nacional, 1977, pp. 45- 53.
[3] Gaudefroy-Demombynes, M.; Mahoma, Madrid, Akal, 1990, pp. 83-85.
[4] Álvarez de Morales, C., y Roldán Castro, F. (1996), p. 290.