11 noviembre, 2014

El reino persa de los īlkhānes

La existencia de un gobierno mongol en Persia es habitualmente poco conocida. En España no se ha realizado ningún estudio exhaustivo sobre este periodo que ocupa los siglos xiii y xiv, y sin los cuales no es posible entender el resto de acontecimientos que tuvieron lugar en Próximo Oriente, durante esta época y en adelante. El choque de este pueblo con la cultura islámica supondría un cambio de dirección fundamental en muchos aspectos, desde los militares hasta los artísticos, como también afectaría a los puentes tendidos entre Oriente y Occidente. Los mongoles, por lo tanto, son una pieza clave en el desarrollo de la historia medieval, especialmente en Persia.
La reconstrucción mental provocada por las palabras «mongol» o «khān» es de facto una imagen de barbarie, saqueo y brutalidad militar. Sin embargo, se ha prestado poca atención a la contribución que el pueblo de la estepa realizó como patrón e impulsor de las artes, la literatura y la cultura durante el periodo en que estuvo asentado y gobernando en Persia. Este fenómeno provocó una repentina y poderosa influencia oriental en Europa, alcanzando todos los aspectos de la vida cotidiana. Según Reuven Amitai, incluso los pueblos no conquistados se vieron afectados por la presencia de los ilkhānes, en tanto que se prepararon para hacerles frente[1].
El aspecto fiero y descarnado de los mongoles quizá haya sido excesivamente tratado, mientras que su impacto en la cultura euroasiática ha quedado a la sombra de los ejércitos que bajo el liderazgo de Temūjin –a quien se conoce mejor como Gengis Khān– conquistaron a una velocidad increíble uno de los mayores imperios de la historia. La enorme extensión de este territorio no refuerza sino el poderío cultural que con ellos se trasladó. «Asia se abrió de un extremo a otro, e ideas, tecnologías, comodidades, alimentos y personas se movieron a lo largo del continente», escribe Amitai[2]. Como reflejo de estos vastos horizontes culturales, el autor propone «El compendio de las Historias», Jāmi’ al-Tawārīkh, escrito por el sabio Rasīd ad-Dīn (1247–1318) a principios del siglo xiv, y que pretendía recoger la historia de todo el mundo conocido. Dentro de esta obra se puede encontrar abundante información acerca de la vida en la corte de los mongoles, su sistema de gobierno o sus costumbres más importantes.

Azulejo con Simurgh/Fenghuang. Irán, probablemente Takht-e Solaymān (37.5x36.2 cm).
Último tercio del s. xiii. Metropolitan Museum, Nueva York.
Loza dorada con tonalidades turquesa.
El título de īlkhān, que originariamente indica subordinación o sumisión a un khān  superior[3], fue adoptado por el cabecilla mongol Hülegü cuando llegó a las tierras persas en la década de 1250[4]. Con la concepción política desde una estructura familiar, este guerrero mongol recibió la misión de combatir en el este con dos poderosos adversarios: los Asesinos de Alamūt y el califato Abbasí de Baghdad[5].   
Con la fortaleza de Alamūt derrotada en 1256 y Baghdad sometida en 1258, Hülegü estableció su capital en Marāgha, Azerbaiyán, e instauró el reino de los īlkhānes, que permanecería allí durante setenta años (mapa 5)[6]. Amitai señala que bajo el mando mongol todo el territorio persa obtuvo lo que Sāmāníes y Ghaznavíes –entre otros– habían estado buscando: la unidad. En el campo político, con la llegada de los īlkhānes toda el área iraní se unificó después de siglos de fragmentaciones[7]. Curioso que fuese de la mano de los brutales invasores del este, que además eran infieles. David Morgan resalta la importancia de recordar que durante los primeros cuarenta años del īlkhānato los líderes no fueron musulmanes[8]. Señala que habría que esperar hasta la ascensión al trono del īlkhān Ghazan (r. 1295-1304) –que trasladó la capital a Tabrīz– para que el gobernador de Persia y la religión oficial fuesen de nuevo musulmanes[9]. Sin embargo, Amitai coloca a su breve antecesor Tegüden (r. 1282-1284) como el primero de los mongoles en convertirse al Islam bajo el nombre de Aḥmad[10].



Kitāb-i-Samak 'Iyār de Ibn Abī al-Qāsim Shīrāzī, Ṣadaqah.
Época del Īlkhānato, ca. 1330.
Folio 261a: detalle de una escena de batalla. 

A pesar de la fuerza con la que irrumpió el ejército mongol en tierras persas, su pervivencia fue más bien escasa. El último de los grandes īlkhānes, Abū Sa’īd (r. 1316-1335), murió sin herederos, lo que provocó disputas entre los cabecillas de diferentes familias. Ninguno fue capaz de hacerse con el control total del īlkhānato, lo que produjo una fragmentación del reino mongol en territorios menores controlados por estos mismos dirigentes. Algunos de ellos son Togha Temür, que mantuvo un gobierno occidental en Khorasán hasta 1353[11] –fecha en la que se da por finalizado el periodo de los ilkhānes–; los Jalayiríes, una rama dinástica superviviente muy poderosa, que se hizo fuerte en Iraq y Azerbaiyán, donde permaneció hasta el siglo xv; o los más significativos según palabras de Morgan, los Muzaffaríes, con capital en Širāz[12].

Dominios del īlkhānato






[1] Amitai, R.: The Mongols in the Islamic lands: Studies in the history of the Ilkhanate. Aldershot, Hampshire, 2007, p. ix.
[2] Ibid., «Evidence for the Early Use of the title īlkhān among the Mongols», p. 353.
[3] Ibid., p. 353; Rossabi, M.: «The Mongols and their legacy», en: Komaroff, L. y Carboni, S.: The Legacy of Genghis Khan: Courtly Art and Culture in Western Asia, 1256-1353. Nueva York, Metropolitan Museum of Art, 2002, pp. 12-35, p. 32.
[4] Amitai justifica esta fecha por ser la primera vez que el término īlkhān aparece en las monedas acuñadas por Hülegü, en 1250-1260. Para mayor profundización en el origen de la palabra, véase: Amitai, R., op. cit. (nota 1), I, pp. 353-361.
[5] Morgan afirma que Hülegü fue enviado a combatir tanto a Baghdad como a Alamūt, pero que el verdadero motivo que impulsó este despliegue militar no está claro. Además pone de manifiesto que no parece que la intención del Gran Khān fuese fundar un reino en territorio persa. Morgan, D., op. cit. (nota 86), p. 59.
[6] Morgan, D.: Medieval Persia 1040-1797. Londres, Longman, 1988, p. 61.
[7] Amitai, R., op. cit. (nota 1), p. ix.
[8] Morgan, D., op. cit. (nota 6), p. 51.
[9] Ibid., p. 72.
[10] Véase: Amitai, R., op. cit. (nota 1), V, pp. 15-43.
[11] Morgan, D., op. cit. (nota 6), p. 83.
[12] Morgan explica que, aún con un heredero varón de Abū Sa’īd, la situación sociopolítica del īlkhānato era insostenible, y posiblemente se hubiese derrumbado de igual manera hacia 1330. Ibid., pp. 78-79. Para saber más sobre el desarrollo político de este periodo, véase: Amitai, R., op. cit. (nota 1).

08 noviembre, 2014

Abu’l-Qāsem Ferdowsī, el gran poeta persa

«Abu’l-Qāsem Ferdowsī» no es sino un conjunto de seudónimos que conforman en nombre de este famoso autor, de cuya identidad real poco se sabe. Abu’l-Qāsem es la forma árabe (kunyah) de nombrar a los padres, pero refiriéndose al mayor de sus hijos. Abu es «padre», y al-Qāsem/Qāsim el nombe de su primogénito. Según una leyenda recogida en la introducción del Šāh-nāmeh de Florencia, el más antiguo que se conserva, cuando el poeta acudió a la corte del sultán Maḥmūd para presentar su obra, este quedó tan complacido que lo nombró Ferdowsī, «paradisíaco», y de esta manera obtuvo su seudónimo. No obstante, Djalal Khaleghi-Motlagh insiste en el carácter de leyenda de este episodio, recordando que el motivo de la elección no está claro realmente[1].
Otros nombres le han sido dados con posterioridad, entre ellos akīm, «filósofo», y ūsī, que lo vincula a la ciudad de Ṭūs. Es en la aldea de Bāẓ donde nació Ferdowsī, en el distrito de Ṭāberān, hacia 940, según Khaleghi-Motlagh citando a Niẓāmī ʿArūżī[2]. Se encuentra muy cercana a la ciudad de Ṭūs, en Khorāsān. Tuvo acceso a una exquisita educación al formar parte de una familia noble de terratenientes (dehqān)[3], y ya sus trabajos destacaron desde la juventud, pero nada se ha conservado de este primer periodo. Hacia 975 empezó a trabajar en el Šāh-nāmeh, teniendo que cambiar de soberanos de los Sāmāníes a los Ghaznavíes. Al finalizar en 1010, el poeta lo dedicó al sultán Maḥmūd, y se ha considerado interesante destacar, por la cuestión de unificación mencionada anteriormente, que una de las cosas que le elogia en su panegírico es que aunase características monárquicas tanto persas como islámicas para ejercer su gobierno[4].
«Ferdowsī y tres poetas de la corte Ghaznaví»
Página digitalizada del Šāh-nāmeh del Šāh Tahmasp, Irán, 1532.
Actualmente en el Aga Khan Museum, Londres.

La tradición poética en Persia estaba muy bien asentada antes de la llegada del Islam. Tanto es así que de Brujin explica que el término para denominar a los poetas o juglares de corte fue incorporado al árabe desde el persa, ša’er (šo’arā en plural)[5]. El cambio del recitador oral al escritor de versos se produjo a medida que la sociedad iba abandonando sus modos de vida tribales. La posición de la poesía, aunque también podía ser escrita por amateurs, estaba especialmente valorada en la sociedad medieval oriental, siendo un rasgo común para la persa y la árabe. Los poetas debían tener una educación completa, y no solo en prosodia y retórica, sino que buscaban cualquier conocimiento adicional que pudiera hacerles mejores ante sus soberanos y superar a sus adversarios. No obstante, el rol social de cada poeta se determinaba por su comportamiento. Niẓāmī ʿArūżī señala como requisitos básicos «un buen carácter, una mente abierta, un sonido natural y una inteligencia afilada»[6].
Para un mayor acercamiento a la vida en la corte de los Ghaznavíes y a la situación de los poetas, Kumiko Yamamoto propone como base la obra del secretario Abu-Fazl Bayhaqī, que trabajó en la corte de Ghazna hasta su muerte en 1077. En su obra Tārikh-e Bayhaqī, la Historia de Bayhaqī, proporciona abundante información acerca de los modos de vida y el ambiente cultural dentro de la sede de poder de esta dinastía. De las tres profesiones de la corte, los poetas disfrutaban de la posición más preeminente –los otros dos títulos eran juglares o músicos (mutribān) y contadores de historias (muādith o qawwālan[7])–[8].
La fecha de muerte de Ferdowsī no está clara, sino que se barajan dos fechas proporcionadas por diferentes cronistas. Según Dawlatšāh Samarqandī –s. xv, periodo timurí–, murió en 1020, y según Ḥamd-Allāh Mostawfī –s. xiv, periodo del Ilkahanto –, en 1025. No obstante, ambos recogen la leyenda alrededor de su muerte, que cuenta cómo el poeta falleció de un ataque al corazón estando en Ṭūs, mientras esperaba que una caravana le trajese desde Ghazna 60,000 piezas de oro prometidas por el sultán Maḥmūd, una por verso del Šāh-nāmeh[9].
Ferdowsī pasó a la historia como uno de los poetas más relevantes, más influyentes y más respetados de toda la historia de Persia. El Šāh-nāmeh es la mayor obra poética jamás escrita por un solo autor, que consiguió convertir su propia identidad en leyenda. Aquella sabiduría que pretendía salvar, aquel sentimiento de pertenencia se transformó en una de las obras más importantes de la literatura medieval oriental, que se siguió copiando hasta el mismo siglo xviii, y de la que brotaron múltiples versiones, fragmentos seleccionados y pasajes sueltos, pero siempre remitiendo al gran «Libro de los Reyes» del que habían nacido.
Estatua del poeta en la plaza de Ferdowsī, Teherán.
Precisamente gracias al Šāh-nāmeh la figura de Simurgh ha llegado a nuestros días, permitiendo empezar la investigación desde el personaje de Ferdowsī y seguir la pista que éste dejó, ese poderoso vínculo de la Persia medieval con las mismas raíces del zoroastrismo, que desembocó en la creación del pájaro de las maravillas.
Estatuas de Simurgh y Rostam en el mausoleo de Ferdowsī en ūs.




[1] Khaleghi-Motlagh, D.: «Abu’l-Qāsem Ferdowsī, i. Life», Encyclopædia Iranica. Nueva York, edición digital, 1999, p. 1.
[2] Niẓāmī ʿArūżī, nacido en Samarkanda, fue un cronista y poeta persa cuya mayor actividad se ubica entre 1110 y 1161. Estuvo al servicio de la corte de los Ghaznavíes durante muchos años, siendo sus obras fundamentales para la reconstrucción histórica de aquellos años. Ibid., p. 1.
[3] Khaleghi-Motlagh cuenta que los dehqān permitían a las mujeres el acceso a la educación, lo que incluía la lectura, la escritura y ciertas habilidades musicales. Teniendo esto en cuenta, propone que se podría dar por válida la teoría de que la esposa de Ferdowsī también fuese poeta, y que tocase el arpa. Ibid., p. 1.
[4] Brujin, J. T. P. de: General introduction to Persian Literature. Londres, Tauris, 2009 , p. 248.
[5] Ibid., p. 18.
[6] Ibid., p. 19.
[7] La palabra muādith proviene del verbo ādatha, que significa «decir», y qawwālan del verbo qaāla, que significa «contar». Los primeros memorizaban exclusivamente los ādithes musulmanes y los repetían. Los segundos se encargaban de memorizar poesías escritas por grandes autores y las recitaban en las cortes o incluso en las calles. Un término quizá más correcto para «cuentacuentos» pudiera ser akawatī o rāwī, cuyas raíces tienen mayor relación con el acto de narrar o contar historias.
[8] Yamamoto, K.: The oral background of Persian epics: storytelling and poetry. Leiden, Brill, 2003, p. 53.
[9] Khaleghi-Motlagh, D., op. cit. (nota 1), p. 2.

04 noviembre, 2014

De los Aqueménidas a los Ghaznavíes: una breve evolución histórica

La delimitación geográfica del término moderno «Persia», según palabras de David Morgan, es la establecida por la dinastía de los reyes afavíes en el siglo xvi-xvii. Pero históricamente y especialmente durante el periodo medieval, este territorio era mucho más amplio. Por lo tanto, para la Edad Media nos referimos a Persia con una acotación geográfica que incluye Iraq, Irán, Turkmenistán, Uzbekistán, Afganistán y Pakistán[1].


Máxima extensión del imperio Sasánida con Khosrau II (r. 590-628)
Su nombre deriva de una helenización de una de sus provincias, Persis, cuna de las dos grandes dinastías persas: los Aqueménidas (s. vi-iv aec) y los Sasánidas (s. iii-vi ec). Con la conquista árabe, hacia el año 650, el nombre se transforma en Fārs[2], un cambio que se mantiene a día de hoy. Es precisamente con la expansión militar del Islam con la que se puede iniciar este breve recorrido por la Edad Media persa.
El imperio sasánida ya estaba muy débil cuando llegaron los ejércitos musulmanes, después de un largo y agotador periodo de guerra con los bizantinos. Tras las derrotas en Qādesiyya (637) y Nihāwand (642), decisivas según Morgan[3], los árabes tardaron muy poco en engullir todo el territorio que había pertenecido a los sasánidas. Aproximadamente durante un siglo, el nuevo territorio se mantuvo bajo el gobierno del califato Umayyad de Damasco. No obstante, es interesante señalar que el zoroastrismo no fue perseguido de manera sistemática. En el capítulo anterior se señalaba que las grandes compilaciones de textos avésticos se producen en el siglo ix, lo que manifiesta una continuidad de la religión avéstica allí donde llevaba tantos siglos bien asentada.
Reducción del territorio persa en 632
El alzamiento de la dinastía Abbasí en 750 hizo que la presencia árabe en Persia se debilitase, permitiendo el surgimiento de nuevos gobiernos, en tres dinastías que Morgan denomina «independientes»[4]: los ahiríes (Khorāsān, 821-873), los afaríes (Khorāsān, 861-900) y los Sāmāníes (primero Samarkanda, después Bukhārā, 819-999). A pesar de permanecer poco tiempo en el poder, estos tres linajes fueron un punto de inflexión importante para la historia de Persia. Se trata de familias conscientes de su legado y de su identidad anterior, que pretendían recuperar aquello que los sasánidas habían creado: una fuerza independiente, con carácter y cultura propias.
Estas cortes de ascendencia persa fueron el núcleo de una potente actividad intelectual, fundamentalmente la de los Sāmāníes (mapa 3). Su contribución es especialmente sobresaliente en cuanto al impulso de un nuevo lenguaje literario que recuperase la tradición anterior –por ejemplo, es durante el gobierno de esta dinastía cuando se realizan las grandes compilaciones de textos avésticos anteriores–, patrocinando la poesía y la prosa en clave de una incipiente memoria histórica. La recolección de conocimiento acerca del pasado de Persia conoce una época de esplendor, y es precisamente en este contexto en el que se va gestando la gran hazaña literaria que sería el Šāh-nāmeh de Ferdowsī (acabado en 1010)[5].

Dominios de la dinastía Sāmāní

Con la caída de los Sāmāníes también desaparece el zoroastrismo como religión, para dar paso a los Buyíes (934-1062) en el oeste y a los Ghaznavíes (977-1189) en el este. Estas dos dinastías, paralelas en el tiempo –los primeros con capital en Širāz y los segundos en Ghazna[6] y más adelante en Lahore– son las primeras plenamente musulmanas sunníes que dominan el territorio persa.
Los Buyíes sucumbieron ante la presión de todos sus vecinos: en el sur, los abbasíes de Baghdad y los fatimíes de al-Qāhira; en el este, los Ghaznavíes y los imparables turcos selyuquíes (1037-1194), descendientes de Seljuq[7], que conquistaban territorios a pasos agigantados. Su brevedad y la preocupación por defender las fronteras de su pequeño reino hizo que sus aportaciones culturales fueran menores. Los Ghaznavíes, aunque turcos en su origen, poca relación guardaron con sus ancestros. Fueron una pieza clave en el complejo rompecabezas histórico que estos siglos suponen, ya que esta dinastía recogió el testigo de sus predecesores Sāmāníes, no solo en cuanto a sistema de gobierno, sino también en cuanto al impulso cultural. La actividad de la corte de Ghazna, casi en la frontera con India, se convirtió paradójicamente uno de los enclaves imprescindibles para la recuperación del pasado glorioso de los sasánidas (mapa 4). Durante el reinado del sultán Maḥmūd (998-1030) este poeta conocido como Ferdowsī terminó de escribir el gran relato épico Šāh-nāmeh, incrementando este sentimiento de herencia y pertenencia a la historia de Persia[8].

Dominios de la dinastía Ghaznaví




[1] Las referencias geopolíticas se han modificado para que sean acordes a la situación actual, el año 2014. Morgan apunta a que la expansión aún fue mayor, y con Khosroes II los sasánidas habrían extendido su dominio hasta Siria, Turquía y Egipto en el oeste, y Georgia y Azerbaijan en el norte. Morgan, D.: Medieval Persia 1040-1797. Londres, Longman, 1988, p. 1.
[2] La letra ‘P’ no existe en árabe. Morgan explica que los persas tuvieron que crear una nueva letra cuando se adaptaron a la caligrafía árabe para poder escribir en su propio idioma. Ibid. (nota 86), p. 1.
[3] Ibid., p. 14
[4] Las ciudades entre paréntesis corresponden a las capitales de estos tres gobiernos.
[5] Morgan, D., op. cit. (nota 1), p. 19-21.
[6] Al sur de la actual Kabul.
[7] La rama de los selyuquíes a la que se hace referencia es la después conocida como los Grandes Selyuquíes, establecidos en territorio persa.
[8] Morgan, D., op. cit. (nota 1), p. 21-24.