27 julio, 2015

La esclavitud en Mesopotamia

«Uno de los primeros efectos de la expansión de la civilización fue la deshumanización de sus miembros»[1]. Esto escribe Stephen Bertman para referirse a un fenómeno que no escapa de ninguno de los grandes imperios y culturas de la Antigüedad: la esclavitud.

Texto: «imagen Asiria de los habitantes de una ciudad conquistada, llevados a la esclavitud».


Una propiedad material
El esclavo en Mesopotamia era esencialmente una propiedad material. Si un esclavo era herido o atacado, dice el Código de Hammurabi, era su dueño el que debía ser compensado por los daños, y no el propio esclavo. Y como toda buena propiedad, estaban marcados con el nombre de sus dueños con una marca a hierro candente en la mano y un mechón largo de cabello en la cabeza. A veces se les colocaba también una marca en la frente, fácilmente reconocible en caso de huída[2].
Si a un esclavo se le ocurría escaparse y tenía la mala fortuna de ser encontrado, el castigo podía alcanzar grados muy altos de severidad. De la misma manera, si alguien ayudaba a un esclavo a huir, su castigo en caso de ser descubiertos sería directamente la muerte. Si un barbero se atrevía a cortar ese mechón de pelo que señalaba a los esclavos, se le cortaría la mano y la persona que lo contrató para ello sería empalado a la puerta de su hogar para advertir a otros que se cuidaran de hacer lo mismo[3].
No tenían un rasgo étnico compartido, sino que la variedad era bastante amplia. Un hecho supuesto con anterioridad y cuya existencia se confirma en Babilonia hacia el primer milenio AEC es la aparición de los mercados de esclavos, donde los provinentes de Subar, al norte, eran los más demandados. Muchos de ellos hasta tenían una garantía, dentro de la cual el comprador podía devolver su mercancía y cambiarla por otra.

Mercado de esclavos en Khartoum, ca. 1876.


Las causas de la esclavitud
Con el auge de los imperios, la causa principal de esclavitud fue la guerra y sus prisioneros. Según Karen R. Nemet-Nejat, los primeros esclavos debieron de provenir de razzias en las montañas, llevadas a cabo por los incipientes ejércitos organizados de los asentamientos que empezaban a acumular poder[4]. Al principio los reinados no tenían herramientas ni posibilidades para organizar a los cautivos de guerra, de manera que la mayoría acababan muertos. Sin embargo, con el aumento de la población y del poder ejercido por los reyes, se desarrolló la idea de que aquel vencido en un combate pasaba a convertirse en un trofeo y en una propiedad del ganador.
Empezaron organizándose en grupos para servir como trabajadores o soldados, y más adelante sus labores se hicieron mucho más amplias. Además, resulta bastante significativo que el ideograma para «esclavo» en sumerio esté compuesto de dos signos: uno para «mujer» u «hombre» y otro para «montaña»[5], lo que refuerza esta teoría de los saqueos a las tribus más débiles de las montañas.

Dibujo de los cautivos en los relieves de la batalla de Lachis, Judith Dekhel

Pero no fue la guerra la única forma de conseguir nuevos esclavos. Las deudas podían llevar a un hombre a perder su libertad a modo de pago, o incluso a vender a su mujer o alguno de sus hijos para saldarlas o escapar de la ruina económica[6]. El caso más llamativo de esta compra y venta de personas, nos cuenta Bertman, queda como testimonio en la impresión de las pisadas de un niño en arcilla, vestigio arqueológico datado en 1200 AEC; a lo largo de las pisadas del pequeño hay una inscripción en cuneiforme con la impronta de un sello: es la factura de esclavitud del niño.
Como otras causas, uno podía ser vendido en castigo por haber cometido un crimen o incluso ser secuestrado para entrar en el mercado de esclavos de otra región. Algunos padres ofrecían a sus hijos como esclavos en los templos para salvarlos de las hambrunas y que pudieran sobrevivir. Este tipo de esclavos templarios llegó a ser un sector social muy influyente, en el que se podían ascender posiciones hasta llegar a ocupar cargos importantes dentro de la administración de los templos.

Las tareas de los esclavos
Normalmente los esclavos eran empleados en las tareas domésticas o de labranza, pero muchos de ellos se convertían en asistentes para los sacerdotes de los templos. Según Stephen Bertman, en Babilonia, hacia el primer milenio AEC, cada casa privada tendría alrededor de dos o tres esclavos. Sin embargo, Karen R. Nemet-Nejat escribe que los esclavos estrictamente privados no eran un fenómeno demasiado común, sino que más bien se producía una situación de alquiler de obreros, ya fuera para temporadas muy largas o para trabajos estacionales, como siembra y cosecha.
Muchos maestros instruían a sus esclavos en sus labores, que podían abarcar desde la metalurgia al tejido, la joyería o la carpintería; algunos de ellos incluso podían adentrarse en el mundo de los negocios. Un esclavo mesopotámico tenía la oportunidad de ahorrar pequeñas cantidades de dinero, alquilar una propiedad pequeña o, si la situación le era muy favorable, comprar esclavos para sí mismo.
Pero en última instancia, un esclavo y todas sus pertenencias eran propiedad de su amo, y aunque el Código de Hammurabi establece que se podía comprar la libertad, queda en el tintero si alguno de ellos finalmente lo consiguió.

BILBIOGRAFÍA
BERTMAN, S.: Handbook to life in Ancient Mesopotamia. Nueva York, Facts on File, 2003.
MARK, J.: «Daily Life in Ancient Mesopotamia», Ancient History Encyclopedia. Last modified April 15, 2014. http://www.ancient.eu /article/680/.

Nemet-Nejat, K. R.: Daily Life in Ancient Mesopotamia. Greenwood, 1998.



[1] BERTMAN, S., (op. cit.), 274.
[2] Ibid.; NEMET-NEJAT, K. R., (op. cit.), 118.
[3] BERTMAN, S., (op. cit.), 275.
[4] NEMET-NEJAT, K. R., (op. cit.), 117.
[5] Ibid.; BERTMAN, S., (op. cit.), 274.
[6] MARK, J., (op. cit.), p. 2.

16 julio, 2015

Eskandar, Alejandro Magno en Persia

Muchos se sorprenderían —y puede que hasta se escandalizaran— al saber que uno de los máximos exponentes del «triunfo griego», el gran conquistador Alejandro Magno, tenía mucho más en común con los persas a los que conquistó que con los griegos con los que normalmente se le asocia. «Eskandar» o  «Iskandar» sería el modo correcto de referirnos a Alejandro Magno si estuviésemos hablando en pahlavi, en persa medio.
La visión occidental de Alejandro Magno lo establece a menudo como «el primer cruzado» que combatió la «ignorancia de Oriente» e introdujo en él la «luz griega» que Occidente ha tenido, por descontado, a lo largo de la Historia[1]. Esto no podría ser más erróneo, como escribe el profesor Ali Ansari,  ya que los persas no estaba en el mundo simplemente para que Alejandro los conquistara. La influencia de la lengua y literatura helenas han ayudado a mantener este tópico, esta verdad a medias, que retrata al líder macedonio como aquel que civilizó las tierras de Fārs[2].
Pero lejos de ser una fosa de oscuridad, Persia era una pieza muy interesante que anexionar al gran imperio de Alejandro Magno. Su admiración por la cultura y las formas persas llegaban hasta tal punto que lo que hizo fue cubrirse con el manto del Rey de Reyes que habían vestido antes Darío y Xerxes. Y la admiración helenística hacia Persia, escribe Ansari, venía de muy atrás en el tiempo. Xenophonte, el general y escritor ateniense, escribió un panegírico a Ciro el Grande, la Cyropaedia, admirando su potente personalidad y ensalzando sus dotes de mando, para dirigir sin problemas un territorio tan vasto como el que controlaba[3].

Cyropaedia, edición de 1817 de Thomas Hutchinson

A pesar de que tiene su importante lugar en la literatura y la historia de Persia, Alejandro Magno es notablemente recordado por su brutalidad y despreocupación en la invasión y destrucción de Persépolis. Especialmente el sacerdocio mazdeísta o zoroástrico se llevó la peor parte, según Ansari, ya que los templos fueron destruidos y los lugares sagrados, reducidos a cenizas. No obstante, bien es cierto que cuando Alejandro llegó a Pasargada lamentó aquel despliegue de violencia y ordenó el inicio de obras de reparación, como bien hiciera Xerxes años antes, cuando prendió fuego a la Acrópolis y destruyó Atenas[4].

Panorámica actual de Persépolis

Como comentábamos antes, Alejandro Magno tiene un importante y extendido papel en la literatura persa. Además del peso derivado de la propia conquista, existe el que la marea del intercambio entre civilizaciones fue arrastrando y sedimentando. William L. Hanaway, en su entrada sobre el Eskandar-nāmeh de la Encyclopaedia Iranica, destaca varios aspectos importantes en este proceso cultural. Atribuido a un tal Pseudo-Calístenes, se escribió en Grecia un relato a caballo entre la leyenda y la verdad sobre la vida y los logros de Alejandro. Este texto se tradujo al latín alrededor del siglo IV, y según Hanaway en este momento también apareció una versión al siriaco. Cómo esta versión llegó a manos de los persas, es algo incierto todavía. Quizá existiese una versión en pahlavi que ahora está perdida, como sostiene Theodor Nöldeke, pero esta tesis está muy discutida[5].
Existen, escribe Hanaway, dos actitudes hacia Alejandro en la tradición literaria persa: las que han llegado a través de esta traducción del Pseudo-Calístenes lo mantienen como un héroe y un sabio, con una visión muy positiva. Sin embargo, las fuentes en pahlavi que quedan ofrecen un lado mucho más oscuro del personaje histórico, señalándolo como un gujastak, un «demonio maldito», y comparándolo con Żaḥḥāk y Afrāsīāb, dentro de los peores enemigos de la tierra de Irán[6].
Sin embargo, es verdad que probablemente por influencia sasánida la versión que finalmente se mantuvo fue la que retrataba a Alejandro como un gran líder. Estos escritos fueron la inspiración para muchos otros en la Edad Media de Persia. Según Haila Mantegui, de University of Exeter, las fuentes literarias sobre Eskandar pueden dividirse en dos grupos: los escritos en poesía, donde encontraríamos el Šāh-nāmeh de Ferdowsī y el Iskandar-nāmeh de Neẓāmī Ganjavī, y los escritos en prosa, como el anónimo Iskandar-nāmeh-ye Manthūr[7].

Eskandar y el Árbol Parlante. Del Gran Šāh-nāmeh Mongol o Šāh-nāmeh de Demotte.
Tabriz, ca. 1330-40. Freer Gallery, Washintong.


BIBLIOGRAFÍA
Ansari: A.: «Alexander the not so Great: History through Persian eyes», BBC News Magazine, julio 2012. Recurso disponible online.
Hanaway, W.: «Eskandar-nāma», Encyclopædia Iranica. Nueva York, edición digital, 1998.
De Fouchecóur, C.H.: «Iran VIII: Persian Literature (2) Classical», Encyclopædia Iranica. Nueva York, edición digital, 2006.
Manteghi, H. «Alexander the Great in the Shāhnāmeh of Ferdowsī», en Sttoneman, R.; Erickson, K.; Netto, I. (eds): The Alexander Romance in Persia and the East, Groningen University Library, 2012, pp. 161-174.





[1] Ansari, A. (op. cit.), p. 2.
[2] Ibid.
[3] Ibid., p. 3.
[4] En clave humorística y desenfadada, hablamos de este episodio de la historia colaborando con nuestros compañeros de Ad Absurdum. Podéis leerlo aquí.
[5] HANAWAY, W., (op. cit.), p. 2
[6] Ibid.
[7] MANTEGUI, H., (op. cit.), p. 161.

01 julio, 2015

Épica sumeria II: «Lugalbanda en las montañas»

Ya hemos introducido el «Lugalbanda» en otro de nuestros artículos, que podéis leer haciendo click aquí.
Esta vez retomamos el gran poema sumerio para tratar en profundidad su primera parte, titulada Lugalbanda en las montañas. Enmerkar, señor de Unug (otro de los muchos nombres que Uruk recibió a lo largo de la historia) marcha sobre Aratta para conquistarla. En el camino, Lugalbanda (que podría ser su hijo, pero no está del todo claro) cae mortalmente enfermo y es abandonado en una cueva en las montañas. Es interesante cómo se dedican varios versos a describir cómo el personaje cae, porque literalmente se derrumba sobre el suelo, presa de la enfermedad. Esto podría interpretarse como una primera pincelada de que será él el verdadero protagonista.
«Cuando habían recorrido la mitad del camino, andado la mitad del camino,
La enfermedad se abatió sobre él [Lugalbanda] allí; un dolor de cabeza cayó sobre él.
Como una serpiente atrapada por el cuello con una caña partida, su cuerpo se retorcía.
Como una gacela atrapada en un cepo, mordió el polvo del suelo.
Su mano destrozada no pudo devolver un apretón,
sus pies paralizados no pudieron sostenerlo de pie por más tiempo»[1].

Con Lugalbanda desmayado en el suelo, el rey Enmerkar y sus soldados se debaten qué hacer. Se barajan las posibilidades de devolverlo a Uruk o a Kulab, una ciudad a mitad de camino, pero la campaña militar es demasiado importante como para detenerla por una sola persona, aunque se trate de alguien con categoría de príncipe.
Finalmente, se decide que Lugalbanda va a tener que quedarse atrás. No obstante, es cierto que no lo abandonan simplemente, ya que aunque enfermo, sigue siendo alguien muy próximo al rey. El poema nos cuenta cómo lo llevan a un lugar cálido dentro de una montaña, porque «en aquel frío rincón, le castañeaban los dientes»[2].

Montañas de Alam Kuh, provincia de Mazandaran (Irán)


La cueva y la tumba
A pesar de que Lugalbanda no está muerto, o al menos no parece estarlo, sus compañeros y soldados disponen en el lugar en que lo tienden todos los elementos de un entierro militar o principesco. Esta es una de las partes más interesantes, ya que aporta sustanciosa información acerca de la alimentación y de los ritos funerarios de aquel momento.
La enfermedad es uno de los peores terrores en la cosmovisión mesopotámica, y difícilmente se escapaba de ella. Existen más de cincuenta criaturas entre demonios, genios y entes sobrenaturales para nombrar todos los tipos de fiebre y dolor, de manera que puede deducirse que cuando Lugalbanda se desploma en el suelo, sus compañeros no albergan muchas esperanzas de que sobreviva.
Siguiendo la traducción de Vanstiphout, le preparan un refugio con ramas trenzadas y le dejan provisiones alrededor: higos, dátiles y queso, además de carne edulcorada, huevos, cerveza, sirope de dátiles y pan. Todo esto lo colocan en recipientes de palma, «para construirle un hogar», y además utilizando la expresión «sobre la mesa sagrada y preciosa, que como nos explica el traductor, es otra de las formas de referirse a la tumba»[3]. De esta manera disponen cualquiera de los acontecimientos que puedan suceder: si Lugalbanda se recupera, podrá alimentarse y salir de la cueva; si no, deberá emprender otro viaje, mucho más complicado, al Submundo.
Con todos los ingredientes colocados alrededor de la cabeza, los soldados hacen varias mezclas de aceites, que cuelgan del techo de la cueva. El hacha de guerra de Lugalbanda se planta junto a su cabeza, y al pecho le atan un arma secundaria, probablemente una daga o puñal, que el poema describe de hierro importado de las Montañas Negras[4].

Daga ceremonial de oro. Periodo de la Temprana Dinastía de Ur, ca. 2600-2500 AEC.
Tumba PG 580.

Este pasaje resulta bastante duro, ya que se describe cómo Lugalbanda tiene los ojos abiertos de par en pan y llorosos, como diques desbordantes de agua, pero sin embargo no respira y su boca no se mueve. Tal vez podría hablarse de un estado de parálisis, de alguna manera consciente, ya que según los versos del poema, el joven enfermo es perfectamente consciente de que sus compañeros lo están preparando para enterrarlo. Incluso le palpan el cuello en busca de pulso, pero no lo encuentran.
Finalmente, abandonan la montaña mientras discuten que si Lugalbanda se levanta, volverán a por él para llevarlo a Kulab y que se recupere del todo. Pero si el Gran Sol Šamaš llama al muchacho a su lado, todo el peso de sus pulmones caerá sobre la tierra, y ellos mismos tendrán que cargar con el cadáver hasta Kulab. Los versos cuentan cómo entre llantos y lamentos, el ejército finalmente se marcha de las montañas.

Las plegarias
Si bien ningún ser humano podía escapar de la enfermedad, únicamente una intervención divina podría salvar al muchacho moribundo. Lugalbanda pasa, según el poema, dos días y medio enfermo, sin poder moverse. Cuando ha recuperado un poco las fuerzas, lo único que consigue es alzar los brazos y llamar al Sol, al poderoso Šamaš, para pedirle que le salve la vida:
« “Te saludo, Sol, ¡no permitas que siga enfermo! […]
¡No dejes que llegue mi final en estas montañas, como un estúpido!”
El Sol aceptó sus lágrimas,
y mandó para él su valor allá en aquella cueva montañosa»[5].

Entonces aparece Inanna en el cielo, y Lugalbanda de nuevo alza los brazos hacia ella y su luz:
« “Inana, si solo esto fuera mi hogar, ¡mi ciudad!
¡Si todo esto solo fuera Kulab, la ciudad donde mi madre me tuvo! […]
¡No dejes que mi cuerpo perezca en las Montañas del Ciprés!”
Inana aceptó sus lágrimas,
y con su valor le hizo dormir como el soporífero calor;
lo cubrió para que su corazón estuviera satisfecho como con un paño de lana»[6].

Por último, se persona en el lugar Nanna/Suen, padre de las dos Luminarias anteriores y señor del Firmamento, acompañado del Toro de los Cielos, y la cueva se llena de luz. Lugalbanda alza los brazos ante él por última vez, y le ofrece lo que queda de su cuerpo moribundo:
« “Rey al que nadie puede alcanzar en el cielo distante,
Suen, al que nadie puede alzancar en el cielo distante.
Soberano, amante de la justicia, el que odia el mal […].
¡Cuando tu corazón se alza encolerizado
escupes veneno al mal como una serpiente ponzoñosa!”
Suen aceptó sus lágrimas,
e hizo que sus pies se sostuvieran otra vez»[7].

Es en este momento en que la Luz vuelve a Lugalbanda, que se levanta de nuevo pero transformado en el heraldo de los dioses, en aquel al que protege la luz de las Grandes Luminarias. Si quieres saber más acerca de esta tríada de divinidades celestiales, puedes leer el artículo que les dedicamos haciendo click aquí.
Lugalbanda y las Luminarias. Ilustración de Jane Ray. 


La renovación
Bajo la luz protectora de las Luminarias, Lugalbanda sale de la cueva y, como se ha interpretado hasta el momento, vuelve a nacer. Con ayuda de los astros redescubre la cocina, la agricultura y adopta a dos animales salvajes, un buey y una cabra, a los que domestica y cuida como su pastor. Más adelante se hunde en un estado de somnolencia en donde le es revelado que debe sacrificar estos animales a los dioses que le dieron la vida. Él, en agradecimiento, no solo dispone a sus bestias como plato principal, sino que organiza un banquete para todos los dioses con los ingredientes que sus hermanos le dejaron en la cueva.
Pero al final de esta reunión divina, las fuerzas de la Oscuridad aparecen de repente, presentando batalla. Herman Vanstiphout cuenta que esta parte de las tablillas o se ha perdido o se encuentra muy deteriorada como para aventurar qué estaba escrito en ellas. Lo que sí está claro es que esta primera parte del poema Lugalbanda finaliza con el regreso del Sol, así que podemos deducir que la Luz se ha impuesto a las Tinieblas.
No obstante, lo importante es el nuevo estado conferido a Lugalbanda, que ahora es una criatura diferente al resto de seres humanos. El poema nos habla de resurgimiento, purificación y divinización, un proceso en el que el alma de un hombre se ofrece completa a las Grandes Luminarias, que lo devuelven a la vida convertido en una persona sagrada, que está destinado a cambiar el curso de los acontecimientos y a salvar a todos sus hermanos, que ya han iniciado el cerco de Aratta.



Bibliografía
The Electronic Corpus of Sumerian Literature. Faculty of Oriental Studies, University of Oxford. Recurso online.
The Pennsylvania Sumerian Dictionary. Babylonian Section of the University of Pennsylvania Museum of Anthropology and Archaeology. Recurso online.
Beaulieu, P.: The Pantheon of Uruk During the Neo-Babylonian Period. Leiden, Brill, 2003.
Michalowski, P.: «Maybe Epic: The Origins and Reception of Sumerian Heroic Poetry», en: KONSTANS, D. y RAAFLAUB, K. (eds.): Epic and History. Oxford, Blackwells. 2009, pp. 7-25.  
Vanstiphout, H. L. J. y  Cooper, J. S.: Epics of Sumerian Kings: The Matter of Aratta. Atlanta, Society of Biblical Lit, 2003.





[1] Traducción realizada por la autora a través del ECSL y la versión de Vanstiphout y Cooper, p. 109.
[2] Ibid.
[3] Ibid., p. 160.
[4] Ibid., p. 111.
[5] Ibid., p. 114-115
[6] Ibid.
[7] Ibid., p. 117.