23 mayo, 2016

El sacerdocio en Mesopotamia


El primer punto a destacar del estudio de un conjunto sacerdotal en el mundo mesopotámico es que no existe como tal una palabra para definirlos como grupo diferenciado en cuneiforme. Tampoco existe un término que pudiera traducirse por sacerdote, tal y como se entendería en la sociedad actual[1]. Esta realidad, escribe J. A. Zamora López, no es un asunto que deba tomarse a la ligera:
«En la bibliografía secundaria, incluso en las traducciones y comentarios documentales,  se hace abundante uso del término, y los sacerdotes mesopotámicos aparecen así como figuras comunes e imprescindibles a la cultura mesopotámica. Pero no existe internamente a tal cultura genérica, un concepto similar expresado mediante un vocablo concreto»[2].

Es por eso necesario observar la enorme variedad que se vivía en la realidad mesopotámica, y la amplitud de tareas particulares y personas diferentes que aunaba el término que actualmente utilizamos para definir al sacerdocio.

Estatua de yeso de Ebih-II, superintendente de la ciudad de Mari, ca. 2400 AEC.
Actualmente en el Musée du Louvre de París
 

Como es evidente al abarcar un periodo de tiempo tan largo, se produjo una evolución desde los primeros tiempos de Sumer (ca. 3500 AEC) hasta la época más tardía de Asiria (ca. 600 AEC) en las tareas desempeñadas por los sacerotes, del mismo modo que su papel en la sociedad. Sobre los primeros tiempos apenas hay información, pero según Sanmartín y Serrano la organización del templo sería jerárquica, con una escala descendente que iría desde los sacerdotes (sanga) o los señores/sumos sacerdotes (en), pasando por los inspectores (nu-banda en sumerio) hasta los capataces (agrig)[3]. Esta figura del señor, el en, incluiría tanto el liderazgo religioso como el político en las ciudades-estado sumerias, pero iría cambiando hasta producirse una separación total hacia el periodo Acadio y posteriormente Ur III (ca. 2100-2000 AEC), donde solo se referiría únicamente a una figura sacerdotal, ya que el poder militar lo detentaban las surgidas monarquías territoriales[4].
Para estos primeros momentos no existen demasiadas fuentes y las reconstrucciones son parciales, de manera que se suele hablar de «sacerdocio mesopotámico» refiriéndose al periodo en que esta separación entre autoridad religiosa y autoridad político-militar ya se había producido.

La monarquía sagrada y el papel de los reyes
La importancia de los sacerdotes se hace evidente si se piensa en el elevado número de tempos mesopotámicos que se conservan o de los que se tiene noticia. Este fenómeno se explica porque, acorde a la cosmovisión de aquellos tiempos, los seres humanos fueron creados con el propósito y fin último de servir a los dioses en todo momento. Esto no es sino un reflejo de la realidad social, donde los reyes ejercían un poder que lo abrazaba y lo comprendía todo, recibiendo de sus súbditos una sumisión total[5].
Para los mesopotámicos, la realeza tenía un carácter sagrado, fruto del reflejo en el plano terrenal de lo que ocurría en los cielos con sus divinidades. Así, el rey era un mortal al que había sido encomendada una misión divina, dotado al mismo tiempo de poderes celestiales. Al contrario que en Egipto, en Mesopotamia el rey no era considerado un dirigente autocrático, sino que se trataba de una persona sagrada cuyas acciones tenían un significado religioso y unas consecuencias del mismo modo religiosas[6].

Relieve de Ashurnasipal II (izquierda) y un eunuco (sin barba, derecha) llevando a cabo una posible escena religiosa.
Periodo Neo-Asirio (ca. 883-859 AEC), Nimrud (antigua Kalhu), Iraq.
Actualmente conservado en el Metropolitan Museum de Nueva York.

A pesar de ello, Leopold Sabourini escribe que para los sacerdotes su soberano era considerado como el más humilde de los penitentes a la hora del trato, a pesar de que en muchas ocasiones el resto de los súbditos lo adorase como el equivalente a un dios o a su representante en la tierra[7]. En última instancia, el rey mesopotámico representaba al mediador entre dioses y seres humanos, además de su representante, ya que su condición elevada por encima del resto lo capacita para relacionarse con las divinidades. Esta actividad es recíproca, ya que para los dioses era fundamental que los reyes mantuviesen el orden y la paz en la tierra y entre los hombres. Debía dar por lo tanto ejemplo de comportamiento y piedad en los servicios religiosos, siendo un destacado operador de las actividades litúrgicas[8].
Algunas de las tareas más importantes desempeñadas por el rey eran el conocido «matrimonio sagrado», los festivales de año nuevo o los rituales de purificación y alimentación, durante los cuales se «hacía comer y beber» a las estatuas de los templos. De hecho, algunos epítetos reales eran «los purificadores de estatuas», como es el caso del monarca asirio Esarhaddon (680-669 AEC)[9].

Casa y comida, templo y ofrendas
En la tarea de servir a los dioses, los seres humanos tenían que proporcionarle cobertura en sus necesidades básicas; esto es, alimentarse y tener un techo bajo el que vivir. De este modo se organizaban los templos en Mesopotamia, para poder cumplir con esta tarea de la manera más efectiva posible. Por eso, los templos se llamaban siempre «la casa del dios»[10], y estaban equipados como tal: con una mesa o altar para depositar las ofrendas en forma de alimento, unas cocinas donde estas ofrendas se cocinaban y una amplia variedad de estancias donde almacenar los productos, con su correspondiente vajilla de platos, vasijas, ánforas y demás recipientes.

Vasija de cerámica pintada. Encontrada en el templo de Nanna-Sin en Khafajah (ca. 3100-2900 AEC).
Actualmente en The Oriental Institute de Chicago

Más adelante los templos, probablemente debido al aumento del personal que vivía allí e influenciados por la arquitectura palaciega, incorporaron más estancias a sus estructuras, como una sala especial con un trono rodeado por los atributos propios del dios, habitaciones con camas tanto para los sacerdotes como para los esclavos, un patio con albercas para el aseo personal y establos tanto para los animales que tiraban de los carruajes como para las bestias de tiro[11]. Todo esto pertenecía en exclusiva al dios, tanto las habitaciones como los animales, como prácticamente todo lo que producía la tierra de la ciudad sobre la que él o ella gobernaba.
Lo más parecido a un sacerdote tal y como se entiende hoy en día era la figura del en, indistintamente masculina o femenina, a la que podemos considerar como un funcionario religioso, directamente involucrado en el culto. Este personaje servía al dios o a la diosa como su esposo o esposa, siendo normalmente del sexo opuesto a la divinidad de la ciudad. Directamente por debajo del en se encontraban los encargados de «abrir la boca del dios», en tanto que atendían las comidas de la divinidad y además mantenían el templo libre de demonios, pero sus verdaderas funciones no están expresadas en demasiadas fuentes. También se contrataban músicos y artistas que amenizaban las veladas del dios.
La administración del templo estaba dirigida por el sanga, traducido por Frans Wiggermann como «bookkeeper» o «contable», que además asumía los cargos y deberes religiosos de los en, pasando a ser el máximo responsable del templo después de la abolición de estos últimos[12]. Se encargaba de la administración para mantener tanto el culto activo como a quienes trabajaban dentro del mismo edificio. Así, se contrataban granjeros y pastores para cultivar las tierras y atender el ganado, molineros, panaderos y cocineros para procesar estas materias primas y, finalmente, un abultado número de artesanos como herreros, carpinteros y en ocasiones constructores para mantener en buen estado los templos. Por supuesto eran indispensables los escribas, que llevaban la contabilidad y la relación de datos de todos los productos y de los costes producidos.
Otras figuras importantes vinculadas al mismo tiempo con los templos y con los palacios son el bā o adivino, el encargado de interpretar los augurios y presagios mediante los que la divinidad se comunicaba con los seres humanos, o el āšipu, literalmente un más «maestro de encantamientos» parecido a un físico o a un curandero que también hacía las veces de adivino[13].

La mujer y su papel en el culto mesopotámico
Tal vez el papel más destacado de las mujeres dentro del mundo espiritual mesopotámico sea el de ejercer de esposas de la divinidad, en esta situación del matrimonio sagrado tan conocida dentro de este culto. Es el caso famoso de Enheduanna, la hija de Sargón de Akkad (2285-2250 AEC), que sirvió como gran sacerdotisa en el templo del dios lunar Nanna-Sin en Ur[14].
No obstante, no era la única labor que podían desempeñar otras tareas, como ocurre en el caso de las naditu o sacerdotisas que consagraban sus vidas al servicio de los dioses, viviendo en casas separadas del resto por ser consideradas personas sagradas. Estas casas se dividían en habitaciones individuales, y parece ser que les estaba prohibido tener hijos. Todas estas circunstancias han dado lugar a que se las compare, anacrónica y erróneamente, con las monjas de clausura del mundo cristiano, cosa que no es correcta según lo estudiado por Zamora López[15].

Disco de calcita con una representación de Enheduanna en una escena de sacrificio (ca. 2350-2300 AEC).
Actualmente en la University of Pennsylvania Museum of Archeology and Anthropology



Bibliografía
Bertman, Stephen, Handbook to life in Ancient Mesopotamia, Nueva York, Facts on File, 2003.
ZAMORA LÓPEZ, J. Á., «El sacerdocio próximo-oriental y los problemas de su estudio: los sacerdotes mesopotámicos», en: ESCACENA CARRASCO, José y FERRER ALBELDA, Eduardo (eds.), Entre Dios y los hombres: el sacerdocio en la Antigüedad. SPAL Monografías VII, Universidad de Sevilla, 2006, pp. 27-42.
MARK, Joshua J., «Daily Life in Ancient Mesopotamia», Ancient History Encyclopaedia, 2014. Recurso disponible online.
SABOURINI S. J., Leopold, Priesthood: a comparative study. Leiden, Brill, 1973.
SANMARTÍN, Joaquín y SERRANO, José Miguel, Historia Antigua del Próximo Oriente: Mesopotamia y Egipto. Madrid, Ediciones Akal, 1998.
OPPENHEIM, A. Leo, Ancient Mesopotamia: Portrait of a dead civilization. Chicago, University of Chicago Press, ed. 2013.
WIGGERMANN, Frans A. M., «Theologist, Priests and Worship in Ancient Mesopotamia», en: SASSON, Jack (ed.), Civilizations of the Near East, Nueva York, Scribbner, 1995, pp. 1857-1870.




[1] ZAMORA LÓPEZ, J. Á., op. cit., p. 29.
[2] Ibídem, p. 30.
[3] SANMARTÍN, Joaquín y SERRANO, José Miguel, op. cit., p. 53.
[4] ZAMORA LÓPEZ, J. Á., op. cit., p. 36; SANMARTÍN, Joaquín y SERRANO, José Miguel, op. cit., p. 54; SABOURINI, S. J. Leopold, op. cit., p. 49-50.
[5] Ibídem.
[6] SABOURINI, S. J. Leopold, op. cit., p. 47.
[7] Ibídem.
[8] ZAMORA LÓPEZ, J. Á., op. cit, p. 36; SABOURINI, S. J. Leopold, op. cit., p. 51.
[9] SABOURINI, S. J. Leopold, op. cit., p. 52.
[10] WIGGERMANN, Frans, op. cit., p. 1861.
[11] Ibídem.
[12] Ibídem, p. 1864.
[13] ZAMORA LÓPEZ, J. Á., op. cit, p. 38.
[14] MARK, Joshua, op. cit., p. 1.
[15] ZAMORA LÓPEZ, J. Á., op. cit, p. 37.

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