29 junio, 2016

Anāhitā, la divinidad de las Aguas en el Zoroastrismo

Anāhitā es, probablemente, una de las divinidades femeninas más conocidas del Zoroastrismo, y sobre ella se han vertido ríos de tinta, especialmente por su inmensa popularidad y destacado papel en el culto religioso a partir del periodo persa Aqueménida (ca. 700-330 AEC)[1]. En este artículo se presenta a la diosa remontándose a sus orígenes y al principio de la religión avéstica, para dar una visión completa de su evolución y de todas las fuentes disponibles sobre ella.

El nombre de la diosa
Para presentar mejor a la diosa de las aguas, es necesario empezar por su nombre, alrededor del cual gira una interesante controversia y una agrupación de ideas que es preciso separar. A pesar de que la forma más común de llamarla tanto en el folklore como en la tradición es Anāhitā, este no es su nombre completo, sino una simplificación de lo que en su día fueron un conjunto de epítetos sagrados.
Arədvī Sūrā Anāhitā es la designación completa de esta diosa. Sūrā quiere decir «fuerte», «poderosa», y Anāhitā es la palabra en avéstico para «inmaculada», «la que no ha sido corrompida», «pura»[2]. Mientras que estos dos términos es común encontrarlos para referirse a otras divinidades, el único que era exclusivo para esta criatura de las aguas era Arədvī, que Mary Boyce y Herman Lommel han interpretado en sentido etimológico como «húmeda», «acuosa», que es además un adjetivo femenino[3]. Con el tiempo, el nombre correcto iría cayendo en desuso hasta crear una fusión de arədvī y sūrā, que resultaría en Ardvīsūr o Ardwīsūr, el nombre en persa medio, que es la forma en la que aparece en los textos más tardíos del Zoroastrismo.
Como ocurre con otras tantas divinidades, Anāhitā tiene su raíz en una mezcla del culto indo-iranio con la herencia de la religión védica. Lommel propone que el nombre indo-iranio era Saravastī, «aquella que posee las aguas», a la que se adoraba en la India Védica y que además designaba un pequeño río sagrado en Madhyadeśa. La forma irania sería Harāhvastī, nombre que se le daba a la moderna región de Kandahar por la abundancia de sus fuentes naturales. Originariamente, Harāhvastī designaba en el Zoroastrismo un río mítico que caía desde lo alto de la Montaña Sagrada, Harā bərəzaitī, y que se zambullía en las profundidades del océano de creación Vourukaṧa, el nacimiento de todas las aguas de la tierra[4].

Estrella de la Mañana. Mahmoud Farshchian, 1993.

El ābān Yašt
Como otras divinidades destacadas del Zoroastrismo, Anāhitā tiene su propio yašt  o himno, el ābān Yašt, que corresponde al quinto de esta colección y se encuentra entre los tres más extensos con 131 versos. Mary Boyce diferencia cuatro facetas diferentes dentro de su redacción:
1)  Los primeros versos corresponderían a una exaltación de la diosa de los ríos, recogiendo una creencia pre-Zoroástrica, alabando sus poderes como dadora de vida.
2)  Más adelante, y ya de acuerdo a la doctrina Zoroástica, se presentaría a la diosa como creada y concebida como existencia separada por el propio Ahura Mazdā para que ayudase en la lucha del bien contra el mal.
3)  En unos cuantos versos Mary Boyce señala ciertos indicios del culto a estatuas, que por asociación serían de la diosa semítica Anaïtis, de la que se hablará más adelante.
4)  Enlazando con el punto anterior, aquí Boyce hace hincapié en los añadidos del himno, muy probablemente a partir del reinado de Artaxerxes II (404-358 BCE), impulsor de la inclusión de Anāhitā/Anaïtis en el panteón Zoroástrico. Estas adiciones se encargan de ensalzar la figura de la Yazata, llegando hasta a mostrar a Ahura Mazdā ofreciéndole un sacrificio, junto con todos los grandes héroes de la tradición épica irania. Boyce señala que la mayoría de estas extensiones son préstamos de otros himnos, como el Aši Yašt (número 17), dedicado a la divinidad de la Piedad y la Fortuna que finalmente fue eclipsada e incluso asumida por Anāhitā[5].
Estos añadidos también se vinculan con un rebrote de la popularidad de la diosa en época Sasánida, y es interesante recuperar la teoría de Mary Boyce sobre la desaparición de un himno a Vouruna, una antigua divinidad relacionada con la védica Varuna —dios de las aguas de creación—. Según Boyce, son dos los versos que confirman esta usurpación: en el 72 aparece la palabra nipātara, «protector», que es un adjetivo masculino y que no tendría por qué ser utilizado para definir a una diosa femenina. Además, ciertas partes están copiadas del Mihr Yašt, el himno a Mithra, de quien este desaparecido Vouruna sería hermano[6].
Algunos versos son directamente repetitivos, y finalmente no se puede sino asumir que el texto creció fruto de los procesos históricos, y que fue esta popularidad lo que provocó que fuera deliberadamente extendido. Como dato destacable, Boyce cuenta que este Yašt nunca se recitaba dentro de un templo al fuego, ni siquiera próximo a una hoguera[7].


Estatua de Anāhitā conduciendo su carro en Maragha, Irán.
Source:  
http://balkhandshambhala.blogspot.com.es/2014/03/the-art-of-anahita-400-bc.html

«Hermosa, poderosa dama»
Tal y como se señala arriba, es en el ābān Yašt donde se encuentra la descripción de Anāhitā como diosa, tanto físicamente como con sus atributos divinos y sus poderes. Anāhitā se presenta como una bella y poderosa dama (XIX, 78), de brazos blancos (I, 7) y ataviada con pendientes dorados de forma cuadrada, un collar de oro, ceñida su cintura para marcar bien la forma de su pecho (XXX, 127), coronada con una tiara de oro con un centenar de estrellas, ocho rayos y piezas ondulantes colgadas (XXX, 128), y abrigada con  pieles de castores (XXX, 129).
Anāhitā conduce un carro tirado por cuatro poderosos caballos: Viento, Nube, Lluvia y Granizo (XVIII, 120). Es la garante de la fertilidad, la purificadora del semen de los varones y de los úteros de las mujeres (I, 2). Además es ella la que hace la leche fluir de los pechos y la que nutre los cultivos y los rebaños (I, 3). Como en otras culturas antiguas, existe una asociación del agua con la sabiduría, ya que es a ella a quienes los sacerdotes y sabios suplican por conocimiento (XXI, 86).
No deja de ser curioso que una diosa tan benévola y de apariencia en principio pacífica sea también la garante de proporcionar carros de guerra, armas y bienes para las familias (XXX, 130), como también ayudar en la destrucción de los enemigos y a conseguir la victoria en la batalla (IX, 34), cosa que ocurre en el episodio de Aži Dahāka y Thraētaona (si quieres leer más sobre esa historia, haz click aquí). Esta faceta bélica de Anāhitā parece haber sido tomada de Aši, el Yazata de la Fortuna, en esa asimilación de los versos que pertenecían a su himno y que arriba se ha explicado[8].


Carro tirado por cuatro caballos. Pieza del Tesoro de Oxus.
Aqueménida, ss. V-IV AEC. The British Museum.

Anaïtis, la diosa semítica, y su asimilación
Como se ha señalado previamente, la popularidad de Anāhitā se disparó a partir de la dinastía Aqueménida debido a la identificación de esta diosa indo-irania con otro personaje del culto de tradición semítica: la diosa Anaïtis. Los Aqueménidas son originarios de la provincia conocida por los griegos como Parsis, asentados en los territorios alrededor de Persépolis, Pasargadae y Naqš-e Rostam[9]. El contacto con pueblos griegos y semíticos hizo que la devoción por esta diosa Anaïtis sobreviviese a la conversión al Zoroastrismo de los Aqueménidas, y fue la influencia real el medio para incluirla en el panteón, fusionándola con la representante zoroástrica de las aguas. Fue incluso conveniente que hasta los epítetos fuese parecidos (Anāhitā – Anaïtis). El propio Artaxerxes II (404-359 AEC) invocaba a esta nueva divinidad después de Ahura Mazdā y Mithra, dándole un papel muy destacado en el culto.
Fue en este momento cuando se produjo la incorporación de los nuevos versos al ābān Yašt. Anāhitā ya no era el impetuoso río mítico, sino una hermosa mujer ricamente ataviada. Es interesante que no existen descripciones tan detalladas de ninguna otra divinidad, lo que refuerza esta teoría de las adiciones so interés de la familia gobernante.
Anaïtis era el nombre de la representación del planeta Venus en Grecia, y su culto estaba poderosamente influenciado por la figura de Inanna/Ištar de Mesopotamia. Algunos de los textos del Zoroastrismo aún la separan de Anāhitā, señalando que existe Ardvīsūr, el río, y Anāhid, la estrella. Por ejemplo, el Bundahišn señala a Ardvīsūr como el origen de todas las aguas de la tierra (GBd., 10.2, 5), y a Anāhid como el origen de todos los planetas y paralela a Venus (GBd., 5.4). Sin embargo, en otros versos las divinidades ya aparecen fusionadas (GBd., 3.17)[10].


Moneda del rey Sasánida Narseh (293-302 CE)

La problemática identificación de Anāhitā en las artes
Escribe el doctor Bier que es muy complicado identificar iconográficamente a Anāhitā, ya que hay que basarse fundamentalmente en su forma, sus atributos y las actividades que aparece desempeñando[11], y esto es una actividad bastante arriesgada. Fue con la dinastía de los Sasánidas (224-651 EC), cuyos gobernantes llegaron a actuar como sumos sacerdotes de esta divinidad, cuando el número de supuestas representaciones se disparó, siendo probablemente el mayor centro de culto la ciudad de Eṣṭaḵr.
«Neither the images in art nor the architectonical monuments correspond precisely to descriptions in literature, and none of the numerous (contested) attributions to her images and sanctuaries rests upon firm ground»[12], escribe Bier. En época Sasánida aparecen múltiples iconografías de figuras femeninas en los famosos platos de plata sobredorada. Suelen representarse desnudas o ataviadas con telas vaporosas, y asociadas a pájaros, niños, flores o racimos de uvas. Pero afirmar que estas se tratan de Anāhitā es atrevido, ya que no existe una conexión real entre la imagen y las fuentes. Los artistas y constructores no intentaron establecer una correlación entre la imaginería y la tradición verbal.
Lo que sí está aceptado es que la figura femenina que aparece en el reverso de muchas monedas de reyes Sasánidas sí puede tratarse de Anāhitā, en su papel de investir a los monarcas[13]. Esto lleva a identificar a las figuras de Naqš-e Rostam como Anāhitā coronando al rey Narseh (293-302), y las de Ṭāq-e Bostān como la diosa coronando a Khosrow II Parviz (590-628).


Anāhitā en los relieves de piedra de Naqš-e Rostam. Getty Images. 

El papel de las Aguas en el Zoroastrismo
El agua es la fuente principal de la vida en el Zoroastrismo, la que nutre a las plantas, los animales y los seres humanos. Está considerada la segunda de las siete creaciones (dahišnān) en las que estaba dividido el mundo —el cielo, el agua, la tierra, las plantas, los animales, los seres humanos y el fuego—, y según el pensamiento cosmológico llenaba la mitad inferior del cielo esférico, justo debajo de la tierra.
El gran océano Vourukaṧa era el lugar donde todas las aguas se reunían, y estaba conectado con el río mítico Harāhvastī Arədvī Sūrā. De él brotaban dos ríos, el Vaŋhvī Dāityā al este y el Raŋha al oeste. Según el Bundahišn, estos dos afluentes rodeaban la tierra (Bd., 11.100.2 y 28.8) y se purificaban en el océano agitado Pūtika para volver de nuevo a entrar en Vourukaṧa. En el centro de este océano crecía la montaña Us.həndava, alrededor de la cual se concentraban los vapores que más tarde se condensarían para formar el agua de la lluvia (Bd., 9.8). De esta manera, todo el agua de la tierra provenía de este océano mítico, y desde los grandes lagos a los pequeños arroyos, todos podían considerarse como representaciones del agua sagrada[14].
Esto provocaba una gran cantidad de libaciones y ofrendas ante el agua, lo que se conoce como āb-zōhr. Antes de realizar los ritos se derramaba agua en el suelo. Debido a su naturaleza sagrada, no se podía tomar el agua de los pozos o los ríos en las horas de oscuridad, puesto que esas les pertenecen a los daēvas. Del mismo modo, estaba prohibido realizar ofrendas o celebraciones durante la noche en los santuarios[15], que en una gran mayoría de los casos eran fuentes naturales[16].


Dukes Creek Falls, Georgia's Chattahoochee-Oconee National Forest.
Photograph by Cothron Photography, Alamy






BIBLIOGRAFÍA
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BOYCE, Mary: A History of Zoroastrianism, vol. I, Leiden, Brill, 1975.
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Boyce, Mary: «Anāhīd», Encyclopædia Iranica 1, New York, Routledge & Kegan Paul, 1983d, pp. 1003–1009. Available online: http://www.iranicaonline.org/articles/anahid
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[1] SCHMIDT, R., op. cit., p. 414.
[2] BOYCE, Mary (1982), op. cit., p. 202; LOMMEL, Herman (1927), op. cit., p. 29.
[3] BOYCE, Mary (1983d), op. cit., p. 1003; LOMMEL, Herhman, (1927), op. cit., p. 29.
[4] BOYCE, Mary (1983a), op. cit., p. 58.
[5] BOYCE, Mary (1983c), op. cit., p. 60.
[6] Ibídem, p. 61.
[7] Ibídem.
[8] Ibídem.
[9] SCHMIDT, R., op. cit., p. 414.
[10] BOYCE, Mary (1983d), op. cit., p. 1008.
[11] Ibídem.
[12] Ibídem, p. 1009.
[13] Göbl, Robert, op. cit., pp. 36-51.
[14] BOYCE, Mary (1983b), op. cit., p. 58.
[15] Ibídem.
[16] BOYCE, Mary (1983d), op. cit., p. 1008.

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